Inicio Artículos Crítica Especializada Maykel Herrera
Maykel Herrera PDF Imprimir E-mail
Crítica Especializada
Escrito por José Veigas Zamora   

Exclamar “¡Ya no estamos en los ochenta!” resulta, en el año 2006, una verdadera perogrullada. Más rentable sería advertir que nos hallamos en una década sin denominación propia que ha sido, hasta cierto punto, prolongación, consecuencia y compendio de todo lo precedente. Estamos hablando de arte, del arte en Cuba, y en este momento, por supuesto.

Para los que estuvimos implicados en la tempestad de los setenta, la década siguiente fue una ilusión activa que se renovaba de forma patente, podíamos coquetear con los cambios y, de cierto modo, fuimos parte de los mismos. Asistimos a las innovaciones casi sin darnos cuenta. Cada exposición, cada nuevo proyecto, negaba en parte al anterior y, al mismo tiempo, lo reafirmaba. Volumen I, Hexágono, 4 x 4, Puré, Arte Calle, Grupo Provisional… se incorporaban con una urgencia que apenas daba tiempo para discutir y demarcar el sitio que le correspondía a cada uno en esta historia. El arte parecía una gran fiesta con pocos bocaditos y menos jaiboles, pero nos aportaba, al menos, el pan nuestro de cada día. De pronto, a fines de los ochenta, ocurrió el desacople, hubo como un descoyuntamiento general y todo se dispersó. Las más variadas plazas esperaban al arte (artista) cubano.

Ahora nadie se sorprende porque los grabadores pinten, los escultores se conviertan en instalacionistas, los pintores conciban esculturas y todos, absolutamente todos, hagan fotografía… digital. Son los tiempos que corren muy de prisa. Nada de esto sucedía tres décadas atrás: los grabadores consideraban una irreverencia manipular un grabado, los impresos en off-set no eran considerados obra de arte; los pintores se cuidaban mucho de alterar la topografía del lienzo… Sólo los escasos matéricos agregaban y se atrevían, mientras los fotógrafos creían aún en la fuerza de la imagen pura, los claros oscuros y en la captación de lo épico.

A pesar de (o por) esta realidad cambiante que se impone ante nuestros ojos día tras día, no cabe dudas que Maykel Herrera (Vertientes, Camagüey, 1979) es una figura que logra desconcertarme cuando asumo el papel de “historiador-biógrafo” y despliego, gracias al Visor de imágenes y fax de Windows, una amplia retrospectiva de piezas creadas por el artista en sus diez años de labor artística. Descubro, en primer lugar, que desde hace una década, a partir de su graduación en la Escuela Profesional de Arte de Camagüey, en 1996, se ha desempeñado con una disciplina de carácter teutón, desarrollando series periódicas que suponen una especie de “cambio de piel” en su obra. Cada vez que esto acontece deja atrás la anterior y renueva las situaciones, los lenguajes y las escenas. Los personajes van y vienen en un incesante baile de disfraces mientras los objetos representados trastocan las funciones para los que fueron creados originalmente. El ambiente del cuadro sufre continuas transformaciones en el decorado como si fuera una tramoya móvil que se desplazara en un escenario giratorio ante los espectadores. Este juego se repite una y otra vez y entonces no queda otra opción que preguntamos ¿Qué pretende el pintor? Acaso será dejarnos sin pistas o, ansía ir a la búsqueda de un estilo personal, o de la apropiación de un tema que aparenta escapar constantemente de las telas. En el arte cubano esta actitud de cambio frecuente fue asumido por algunos pintores de la importancia de Mariano Rodríguez (1912-1990) que en diversos ciclos, cronometrados por lustros o décadas, variaba de un estilo para el otro mientras los temas sufrían solamente transformaciones formales.

De cierto modo Maykel ha repetido, sin proponérselo, esta fórmula, pero como artista de este siglo, ha incorporado lenguajes y medios propios de nuestros tiempos. De ahí que un buen día realizara en la ciudad de Camagüey algunos performances como Coge tu arroz estético aquí (2003), donde despachó al público 200 libras de arroz desde un mostrador habilitado al efecto, mientras él desempeñaba las funciones de bodeguero performático. En otra experiencia de este tipo, en la misma ciudad, su madre, enfermera de profesión, extrajo con una jeringuilla sangre del brazo del pintor, el cual, posteriormente, trazó con su propia sangre sobre un lienzo preparado de antemano, una esquemática isla de Cuba, a la manera de aquellos primitivos mapas del siglo XVI, posteriores a Juan de la Cosa. Siempre en Camagüey emprende la ejecución de una obra a cuatro manos con la pintora naif Isabel de las Mercedes. Transgresora ella de las leyes de la perspectiva, conocedor él de todas las que hay que conocer, se establece un maridaje entre ambos que los vincula con la serie Dando y dando, de Ángel Ramírez, versión plástica de los dúos musicales tan en boga.

Estas experiencias performáticas contrastan quizá de manera discordante, aunque no incompatible, con su quehacer actual más inclinado a la pintura-pintura de carácter alegórico con un evidente sustrato autobiográfico.

No tengo objeción alguna conque un plástico transite del performance al caballete tradicional sin transiciones dolorosas y costosas pero nos queda una duda acerca del proceso por el cual el artista enfrenta y resuelve internamente las contradicciones que pueden generarse al traspasar ciertos límites, invisibles al ojo humano pero reales en el proceso creativo. Al parecer nada de esto preocupa al artista, y cuando se le interroga al respecto su respuesta se fundamenta en la necesidad de no quedar atrapado por un medio tan “tradicional” como la pintura-pintura.

El mismo artista trata de explicarlo: … “juego con la paradoja inevitable que es el arte-comercio, acudiendo a la representación del carácter seriado de la obra, a los factores cuantitativos que nada tienen que ver con la labor artística, y a la dosificación exacta y rígida del producto. Estas afectaciones, a veces inconscientes, ya casi no nos permiten dilucidar si es el arte el que se convierte en mercancía o si es la mercancía en arte. De cualquier modo no nos podremos despegar tan fácil, de esta insuficiente unión, convivamos con ella pero respetando el papel del artista, que se ha fundido en comunión con la vida para dar lugar a nuestros sentimientos estéticos”.

Efímero a veces, complacido por la trascendencia casi siempre, Maykel parece contradecirse en cada nueva operación artística, su trayectoria podría titularse, con talante sensacionalista, Del performance al retrato o Surrealista y abstracto, pero pensamos que además de las motivaciones artísticas o económicas que inciten al artista a crear un cuadro, un impreso, una obra tridimensional o cualquier tipo de acción plástica o el producto del empleo de nuevas tecnologías, son una forma de llamar la atención sobre su autor, un grito o una manera de reír, de burlarse de los demás. Algunos suman todas al mismo tiempo, otros como Maykel, seleccionan a gusto y prefieren una elaborada mezcla de factores para decidir lo que va a dejar a la vista y lo que nos oculta para hacernos participar en su juego.

“No hay dudas de que Maykel se ha propuesto sacudir al espectador para que comparta inteligentemente sus inquietudes existenciales. La provocación puede hacerse efectiva si nos detenemos a examinar las atmósferas de sus obras, las figuraciones, las texturas, los colores, el juego habilidoso de oscuridades e impurezas con que trabaja, el empleo novedoso de valores simbólicos socorridos”, nos dice Eduardo Albert.

Dejándonos arrastrar por esa extravagante tendencia que nos impele a ubicar “a todo y a todos” en algún lugar de este mundo del arte, ya sea temporal, generacional o estético, pudiéramos considerar a Maykel un producto de los noventa tardíos, clasificación bastante cómoda en la que incluiríamos a una enorme cantidad de artistas de las artes visuales que no conocieron los hechos que motivaron el Juego de pelota (el de la plástica) y así fueron arribando por diversos medios al Período Especial. Comenzaron a exponer después de Las metáforas del templo, en la Era de las Bicicletas y Camellos; entre round y round de la Quinta (1994), Sexta (1997) y Séptima Bienal de La Habana (2000). De algunos de aquellos nombres y obras, que fueron apareciendo por oleadas crecientes, ya pocos se acuerdan (o los que se olvidaron fueron ellos); otros, los menos, “ascendieron” al cielo y allí permanecen bien establecidos en sus posiciones mientras la mayoría se encuentra dando vueltas en el limbo como dignos continuadores del Nuevo Arte Cubano, para llegar a discernir si se quedaron definitivamente sin boleto de entrada para el Renacimiento Cubano.

Por tanto, los noventistas son difíciles de catalogar, ellos mismos se ocupan de romper, en mucha ocasiones, los posibles cordones umbilicales que los unen con el pasado, aunque el código genético continúe vigente. En los pintores como Maykel Herrera la marca de origen se encuentra muy disgregada y en su caso hallamos reminiscencias de los sesenta marcadas por la nueva figuración. No excluye las experiencias del bad painting de los ochenta, ni el dripping del expresionismo abstracto; mientras, por otro lado, retoma el placer de recrear el retrato a partir de “personajes anónimos” con cierta afinidad con el fotorrealismo cubano de los setenta. A esta ecléctica mezcla hay que adicionar la actualización que impone un artista que no ha rebasado los treinta años en los inicios del tercer milenio.

Donde más se evidencia lo expuesto con anterioridad es en su serie titulada Anquilosis, conjunto de obras sin título individual, aunque yo como espectador, tenga la tentación de titularlas Naturalezas muertas. Estas piezas, donde anidan seres con rostros “conocidos” y, al mismo tiempo, sin nombre, conviven e interactúan con objetos (donde ellos mismos son objeto) vestidos con impecable indumentaria de presidiarios, mientras deliran o dudan, tratan de escalar o simplemente aguardan. Los objetos que pueblan este microcosmos de Maykel: escaleras, globos, fichas de dominó, bolos, palmas, desempeñan el papel de elementos escenográfícos y no se diferencian mucho de los que encontramos en series anteriores y posteriores del artista, por lo que se convierten, de hecho, en signos con variados significados empleados por el pintor. Al fin y al cabo estos personajes son deudores de aquellos habitantes de sus obras iniciales representados sin rostros, abiertos en canal y con los miembros mutilados que parecían ir al encuentro del Fin del Mundo.

Maykel sintetiza su poética: “trato de que las imágenes se mantengan en un nivel estable en cuanto a las dimensiones ya que las anécdotas están muy aparejadas al contenido central y considero que no es pertinente restarle o aumentarle interés a ninguna de estas impresiones en particular, puesto que tienen para mí la misma intensidad”.

En otra de las más recientes series del artista Quimera en riesgos, la quietud, la inactividad quedan atrás, allí todo está en movimiento, se golpea, se dispara o, está a punto. Lo real y lo irreal, lo físico y lo metafísico se dan la mano, los personajes actúan en un espacio (escenario) dispuesto por el pintor; como en ninguna otra serie los títulos asumen un papel determinante. A través de éstos podemos llegar a nuestras propias conclusiones que no son necesariamente las consideradas por el autor.

De este modo, una tras otra, las series van acumulando experiencias personales o apropiaciones; ir del performance al retrato no es un estigma; desdoblarse de figurativo en abstracto tampoco, todo es cuestión de tiempo. La estación definitiva donde las inquietudes del artista se detendrán es posible esté aún lejos, mientras tanto cada nueva serie le ofrece la posibilidad de experimentar con nuevas situaciones, nuevos personajes y entonces, no sé qué ocurrirá ¿acaso lo sabe Maykel?

Última actualización el Sábado, 27 de Agosto de 2011 14:32